11 de diciembre de 2011

Lo que no se sabe de Isabel II...


Varios biógrafos la describen como astuta, malhumorada, tenaz y dispuesta a cambiar normas por su marido. Isabel cumplirá 60 años en el trono, ocasión que historiadores y periodistas aprovechan para escribir gran cantidad de biografías.





Hay pocos personajes en el mundo que susciten tanto interés como Isabel II. La monarca, cuyo reinado se convertirá en septiembre de 2015 en el más largo de la historia británica, superando a la mítica Victoria, cumplirá en febrero 60 años en el trono, aunque los festejos están previstos para junio. Una ocasión que historiadores y periodistas han aprovechado para escribir una cantidad ingente de biografías.

Al menos una quincena se habrán publicado entre este año y los primeros meses de 2012. La de Andrew Marr es la mejor titulada: Reina de diamantes, jugando con la magnificencia de la piedra preciosa y las bodas de diamante de la reina con el trono.

Marr es uno de los más prestigiosos periodistas políticos del país. Su libro, como es lógico, gira en torno a la monarquía como sistema y el papel que juega Isabel II. "No es una historia de su vida particularmente chismosa", reconoce el autor, porque lo que busca es "explicar por qué hace lo que hace".

"Me interesa más intentar explicar qué significa ahora la monarquía; por qué la dinastía de los Windsor se comporta como lo hace; y qué puede significar el haber tenido una reina todos estos años en lugar de haber tenido una sucesión de presidentes", explica Marr.

"Hace muchos años, me hubiera descrito a mí mismo sin ninguna duda como un republicano", confiesa, pero deja claro enseguida que simpatiza con la reina: "Cuanto más la ves en acción, más te impresiona. Ha sido diligente, pero ha sido mucho más que diligente. Ha sido astuta, amable y sensata. Sin ella, Gran Bretaña habría sido un lugar más gris, más desagarrado, más precario".

Aunque hay poca gente sobre la que se ha escrito más que sobre la reina Isabel, Marr admite que, "de alguna manera, a pesar de estar en todas partes -en los boletines de noticias, en los sellos de correos, en las primeras páginas- ha conseguido seguir siendo misteriosa".

A pesar de sus contactos políticos, el periodista no puede desvelar grandes secretos sobre las relaciones de Isabel II con los 12 primeros ministros que el país ha tenido durante su reinado, con los que mantiene cada semana una audiencia estrictamente privada.

Dedica un amplio espacio a la crisis de la monarquía en tiempos de Diana y especialmente al error de quedarse en Balmoral mientras Londres ardía de emoción por la muerte de la princesa.

Sostiene que si los Windsor no hubieran rectificado aquel error tampoco habría habido reacciones contra la reina, pero podría haber dado paso al declive de la monarquía y en particular el príncipe Carlos "podría haberse convertido en alguien tan impopular que hubiera dudado de ser rey".

Marr desvela que una de las ideas que se plantea Carlos cuando llegue al trono es convertir el palacio de Buckingham en un espacio abierto al público y trasladar la corte a Windsor.

Robert Hardman también es periodista: trabaja en el Daily Mail y ha seguido durante 20 años los temas de la realeza. Eso hace que su libro, de título algo más pomposo y al mismo tiempo anodino, Nuestra reina, carezca de la fluidez y el marco histórico-político desplegado por Marr, pero ofrezca un retrato más detallado, más próximo, revelando más aspectos de su personalidad.

Por ejemplo, la reina tiene golpes de mal genio, hasta el punto de que un consejero admitió una vez que pasó miedo cuando se enfureció por la polémica creada al no ondear la bandera a media asta en Buckingham tras la muerte de la princesa Diana. O cuando obligó a "sacar ese perro" de su casa al enterarse de que la esposa del presidente Mobutu de Zaire se había traído ilegalmente un perro en una visita de Estado.

Sarah Bradford, la autora de La reina Isabel II: Su vida en nuestros tiempos, publicó hace 15 años una primera biografía de la monarca que acabó provocando un gran escándalo porque sostenía que su marido, Felipe de Edimburgo, había tenido varias aventuras extraconyugales. "Ahora pienso que quizás me equivoqué con el príncipe Felipe", ha declarado al Daily Telegraph.

"Le encantan las mujeres guapas y le gusta flirtear pero no estoy segura de hasta qué punto el sexo es importante para él. Y desde ese punto de vista, él y la reina se llevaron muy bien. Tienen una relación muy buena. Siempre ha sido de mutua admiración y apoyo".

Esas buenas relaciones no han estado exentas de altibajos y la propia Bradford evoca los intensos rumores que hubo en 1957 sobre un conflicto entre ellos debido a la vida privada del duque.

Otro libro, que no aparecerá hasta dentro de unas semanas pero ha recibido ya amplia cobertura en los medios, asegura que una vez el duque llevó a la reina al borde de las lágrimas. En Isabel la reina: la vida de un monarca moderno, Sally Bedell Smith profundiza en la conocida obsesión del duque para que sus hijos antepongan su apellido, Mountbatten, al apellido dinástico, Windsor. Y asegura que en 1960, cuando estaba embarazada de su tercer hijo, Isabel II le pidió al primer ministro de la época, Harold Macmillan, que se replanteara la cuestión porque "irritaba" a su marido desde 1952.

Y cita una entrada del diario de Macmillan que dice: "La reina solo desea [de forma bastante apropiada] hacer algo para complacer a su marido, del que está profundamente enamorada". "Lo que me preocupa", añade, "es la actitud casi brutal del príncipe hacia la reina sobre este asunto". Bedell Smith afirma que Macmillan le confió su preocupación a su adjunto, Rab Butler, y escribe: "Según un relato, Butler le confió a un amigo que Isabel llegó a las lágrimas".

Quizás lo más curioso es que aunque el duque se quejaba de que era el único hombre del país que no podía pasar su apellido a sus hijos, en realidad Mountbatten era la versión inglesa del apellido de su familia materna, que él prefería a los apellidos, sin duda demasiado germánicos, de su familia paterna: Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg...




Este artículo fue tomado de EL PAÍS




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