7 de mayo de 2011

La realeza europea ya se prepara para las otras bodas del año

Las Familias Reales de Mónaco e Inglaterra se preparan para las bodas de verano. Alberto II de Mónaco y Charlene Wittstock están decididos a romper con la maldición de los Grimaldi y con años de decadencia. Luego, Zarah Phillips, la nieta de la reina Isabel II, se casa con un rugbier.


Tras la extraordinaria boda del príncipe Guillermo de Inglaterra, y cuando aún no se apagan los ecos de los fastos vividos en Londres, es el turno de la bellísima Zara -prima del príncipe- para casarse con el rugbier Mike Tindall. La boda, en Escocia, el 30 de julio, promete ser uno de los grandes acontecimientos sociales en Gran Bretaña, aunque seguro no superará en esplendor a la de Guillermo y Kate.

Al otro lado de Europa, también la dinastía Grimaldi -la familia real del minúsculo principado de Mónaco- se alista para lucir sus mejores galas en el casamiento de su soberano, Alberto II, con la ex nadadora Charlene Wittstock, el próximo 2 de julio.

Aunque ambos acontecimientos prometen ser brillantes, las ceremonias guardan profundas diferencias. Zara es hija de la princesa Ana de Inglaterra, y nieta de Isabel II. Tiene pocas posibilidades de ser reina, su casamiento será el de una “celebrity” más que el de una princesa, y no influirá de manera determinante en la monarquía británica.

En Mónaco, las cosas son diferentes. Charlene se va a convertir en la esposa del príncipe y jefe de Estado de una nación riquísima. Su principal deber será engendrar un príncipe heredero varón que garantice la supervivencia de los Grimaldi. El otro papel preponderante de la futura princesa Charlene será devolver a Mónaco el “glamour” perdido con la muerte de Grace Kelly, en 1982.


Años de escándalos, tragedias y matrimonios mal avenidos estigmatizaron a los habitantes del palacio monegasco. Incluso se cuenta la leyenda de una gitana que maldijo al príncipe Rainiero I, en el siglo XI, tras haberla secuestrado y violado junto a varios cortesanos. La gitana prometió al Grimaldi que desde entonces, y para siempre, ningún matrimonio sería feliz dentro de su familia. Dicho y hecho. Pero Alberto II apuesta ahora, a los 53 años, por formar un matrimonio feliz, engendrar hijos y romper con la maldición de los Grimaldi.

Luego de 30 años, Charlene llega para remplazar como “primera dama” a su cuñada la princesa Carolina. La mayor de los Grimaldi se empeñó en cumplir el objetivo de Rainiero: seguir haciendo de Mónaco un poderoso imán para fortunas. Así fue hasta el fallecimiento de su padre, en 2005. Alberto II le sucedió y algunas cosas empezaron a cambiar. Intentó recuperar para la causa familiar a Estefanía, pero el panorama cambió cuando Wittstock apareció en escena.
Comentaristas y expertos en la realeza consideran que el matrimonio de Alberto II será un acontecimiento mucho más grande que la boda de 1956 de sus padres, Rainiero III y la estrella de cine estadounidense Grace Kelly. La futura princesa es considerada abierta, moderna y ambiciosa. En Facebook administra su lista de “fans” y aprendió el nombre de cada una de las 200 habitaciones del palacio.

Con mucha seguridad en sí misma rechazó la alusión de un periodista acerca de que no podía convertirse en una copia de Grace Kelly. “¡Cada persona es única!”, le contestó. “Su energía, su humor, su generosidad, son un apoyo muy valioso para mí”, dijo Alberto.

El príncipe espera que su boda sirva para “unir el respeto de las tradiciones y de la modernidad, así como la fuerza de las instituciones en la expresión de su simplicidad”. También tiene la plena convicción de que los monegascos se sienten felices con la mujer que eligió como princesa, sobre todo por los valores que la ex nadadora puede reforzar en la sociedad.

Aunque nació en Rodhesia (hoy Zimbabwe), en 1978, Charlene pasó la mayor parte de su vida en Sudáfrica, país que le dejó una profunda impresión. Leyó libros de la Premio Nobel Nadine Gordimer, desarrolló un delicado olfato para injusticias sociales y se convirtió en una mujer socialmente comprometida. Apoya activamente la Fundación Nelson Mandela y su primer viaje como primera dama será a Durban.


El Principado de Mónaco anuncia el compromiso del príncipe Alberto y Charlene el 23 de junio de 2010. La boda está planeada para el 2 de julio de este año, según el rito católico, en una ceremonia al aire libre. La víspera, el 1 de julio, contraerán matrimonio civil en el Salón del Trono del Palacio Grimaldi. Ese día, Charlene se convertirá en “Su Alteza Serenísima la Princesa Charlene de Mónaco, Marquesa de Baux, Duquesa de Valentinois, Condesa de Carlades, Baronesa de Saint-Lô…” y un buen número de títulos más.

Por ahora, en Mónaco resta un detalle. El fotógrafo y diseñador alemán Karl Lagerfeld aconsejó a su amigo Alberto II que adelgace, o no entrará en el traje que deberá llevar en la ceremonia. “Alberto tiene que adelgazar con urgencia antes de la boda. Le he hecho llegar trajes de Dior, pero ninguno le entra. Aparte de eso, es un tipo agradable”, afirmó Lagerfeld en declaraciones al dominical del popular alemán “Bild”.

La boda que no será ni asunto de Estado ni tendrá trascendencia histórica será la de Miss Zara y el fornido Tindall, que tendrá lugar en Escocia. La última vez que una boda de la Familia Real se llevó a cabo en Escocia fue en 1992, cuando la princesa Ana -madre de Zara- se casó con su segundo marido el comandante Timothy Laurence. Antes que ellos, no hubo una boda real en Escocia en siete siglos de historia.


La ceremonia tendrá lugar en una antigua iglesia amurallada del siglo XVII, la de  Canongate Kirk, ubicada en la Milla Real de Edimburgo. El templo informa en su sitio web de sus honorarios a los contrayentes interesados en contraer matrimonio allí: unos 90 euros para el organista, 30 euros para el sacerdote y un donativo mínimo de 230 euros a la iglesia.


El modesto templo fue construido en 1688 para recibir a los fieles que fueron expulsados de la Abadía de Holyrood. El interior ofrece un lugar dedicado al culto basado en la sencillez decorativa. A falta de estatuas o cuadros, pasan a cobrar especial atención los bancos pintados de color azul claro colocados sobre una gran alfombra de color granate. Las paredes se mantienen impolutas y las ventanas proyectan una gran cantidad de luz en el interior al carecer de vidrieras.

Darío Silva D'Andrea

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